revista Los Inrockuptibles
Bs As, septiembre 1999
Ni olvido ni perdón, por Hernán Ferreirós
Durante finales de los ochenta se escuchó muchas veces decir que la gente ya estaba cansada de ver películas sobre la dictadura. Probablemente fuera cierto. Después de todo, cuánto tiempo se puede tolerar a Rodolfo Ranni haciendo de represor y diciendo cosas como ¨zurdito hijo de puta, te voy a hacer boleta¨? En el momento en que las acciones de los grupos de tareas empezaron a ser narradas como un policial, se abrieron las puertas del oportunismo y la explotación. Consecuencia: las películas sobre los años de plomo se convirtieron en demasiadas. Garage Olimpo va en otra dirección. Borra los clichés del servicio gordo y los bigotes, los gritos descarnados de los detenidos, el llanto en primer plano de los familiares, y la entereza de los protagonistas hasta la muerte. La película cuenta la relación entre un torturador y su víctima, sin manipular emociones, con rigor, austeridad y sin temor a entrar en un campo políticamente incorrecto: la posibilidad de que la víctima pueda verdaderamente enamorarse de su victimario. Es una ficción, si, pero no usa las reglas de la ficción para hacer concesiones sino para generar ideas nuevas sobre una época abordada casi siempre del mismo modo. La actividad dentro del centro clandestino de detención, por ejemplo, tiene la mecánica de una oficina, cosa que sugiere, acaso acertadamente, que es posible que buena parte de los torturadores no torturaran por ¨defender¨, a su modo, una cuestión ideológica, sino simplemente porque se trataba de su trabajo diario. Construida con retazos de realidad, cada situación de la película remite a varios sucesos documentados sin reproducirlos puntualmente. La ausencia de un marco histórico o ideológico enfatiza la irracionalidad y el clima de opresión. Además, está claro que no hay explicación ni ideología que justifique esa barbarie. Dentro de su rigor, la película hace sólo una concesión al medio. Por la necesidad puramente narrativa y de que todo cierre mejor, el responsable del Garage Olimpo, el ¨Tigre¨, como se lo llama, es asesinado cerca del final. Aunque hechos similares sucedieron ( la escena reproduce el asesinato del jefe de la Policía Federal Cesario Cardoso) y tal vez se hayan incluido para mostrar una acción del terrorismo, no se debió elegir como víctima al personaje más temible de la película. Porque no deja de funcionar como un final excesivamente cinematográfico en el que el malo encuentra su merecido. Está claro que ni los Tigres, Bergés o Masseras de la realidad encontraron castigo alguno. Y es justamente ese hecho el que hace necesaria no una, sino decenas de películas como ésta.
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