| Durante finales
de los ochenta se escuchó muchas veces decir que la gente ya estaba cansada
de ver películas sobre la dictadura. Probablemente fuera cierto. Después
de todo, cuánto tiempo se puede tolerar a Rodolfo Ranni haciendo de represor
y diciendo cosas como ¨zurdito hijo de puta, te voy a hacer boleta¨? En
el momento en que las acciones de los grupos de tareas empezaron a ser narradas
como un policial, se abrieron las puertas del oportunismo y la explotación.
Consecuencia: las películas sobre los años de plomo se convirtieron en demasiadas.
Garage Olimpo va en otra dirección. Borra los clichés del servicio gordo
y los bigotes, los gritos descarnados de los detenidos, el llanto en primer
plano de los familiares, y la entereza de los protagonistas hasta la muerte.
La película cuenta la relación entre un torturador y su víctima, sin manipular
emociones, con rigor, austeridad y sin temor a entrar en un campo políticamente
incorrecto: la posibilidad de que la víctima pueda verdaderamente enamorarse
de su victimario. Es una ficción, si, pero no usa las reglas de la ficción
para hacer concesiones sino para generar ideas nuevas sobre una época abordada
casi siempre del mismo modo. La actividad dentro del centro clandestino
de detención, por ejemplo, tiene la mecánica de una oficina, cosa que sugiere,
acaso acertadamente, que es posible que buena parte de los torturadores
no torturaran por ¨defender¨, a su modo, una cuestión ideológica, sino simplemente
porque se trataba de su trabajo diario. Construida con retazos de realidad,
cada situación de la película remite a varios sucesos documentados sin reproducirlos
puntualmente. La ausencia de un marco histórico o ideológico enfatiza la
irracionalidad y el clima de opresión. Además, está claro que no hay explicación
ni ideología que justifique esa barbarie. Dentro de su rigor, la película
hace sólo una concesión al medio. Por la necesidad puramente narrativa y
de que todo cierre mejor, el responsable del Garage Olimpo, el ¨Tigre¨,
como se lo llama, es asesinado cerca del final. Aunque hechos similares
sucedieron ( la escena reproduce el asesinato del jefe de la Policía Federal
Cesario Cardoso) y tal vez se hayan incluido para mostrar una acción del
terrorismo, no se debió elegir como víctima al personaje más temible de
la película. Porque no deja de funcionar como un final excesivamente cinematográfico
en el que el malo encuentra su merecido. Está claro que ni los Tigres, Bergés
o Masseras de la realidad encontraron castigo alguno. Y es justamente ese
hecho el que hace necesaria no una, sino decenas de películas como ésta.
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