Trespuntos
Por Quintín
9 puntos
Por primera vez una película se ocupa de ficcionalizar (aunque en base a hechos reales) el interior de las prisiones clandestinas de la dictadura militar. Es un film que crea en el espectador una sensación terrible y es lógico que así sea. Pero ese padecimiento seguro, que hará que muchos pasen del film, está lejos de ser gratuito: no hay manera de explorar la verdad sobre hechos semejantes sin molestar a nadie. De todos modos el director Marco Bechis no está interesado en describir morbosamente sesiones de tortura sino en hacer que el horror tenga una encarnación humana, material, que los cuerpos de los que serían los desaparecidos tengan una presencia que exceda a la lista de sus nombres y sus fotografías. Garage Olimpo expone una situación histórica y una lógica que el testimonio cinematográfico ayuda a revelar en su dimensión más profunda. Los carceleros de Bechis no son los viejos monstruos con colmillos con los que se suela identificar a los asesinos en la ficción para que el espectador tenga claro que no se parecen en nada a ellos. Por el contrario, como ocurrió efectivamente, los represores eran en su mayoría jóvenes, concurrían a las cámaras de tortura como quien va a la oficina y su conducta fuera de los campos no se diferenciaba demasiado de la de otros ciudadanos. Si se aprovechaban de su macabro poder para quedarse con los bienes de las víctimas y aún para intentar seducirlas, era por mero cálculo, un rasgo poco notable. La película describe la rutina de la muerte, la convivencia cotidiana entre verdugos y prisioneros y la alterna con visiones aéreas de una ciudad que era indiferente a lo que ocurría en sus profundidades. Relata, además, un caso particular que le sirve de eje narrativo y permite articular todos los matices que la vanalidad del mal recorrió en esos años siniestros. Bechis se preocupa en todo momento por la ética cinematográfica de cada imagen (nunca obscenas, nunca sensacionalistas) y con gran talento construye un crescendo dramático que culmina en uno de los momentos más poderosos que haya dado el cine argentino. Los últimos minutos de Garage Olimpo son de una fuerza estremecedora y, al mismo tiempo que evocan uno de los puntos culminantes del horror del comportamiento de los militares argentinos, abren el interrogante sobre las claves secretas de un país que sigue exhibiendo una herida abierta.
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