| Por primera
vez una película se ocupa de ficcionalizar (aunque en base a hechos reales)
el interior de las prisiones clandestinas de la dictadura militar. Es un
film que crea en el espectador una sensación terrible y es lógico que así
sea. Pero ese padecimiento seguro, que hará que muchos pasen del film, está
lejos de ser gratuito: no hay manera de explorar la verdad sobre hechos
semejantes sin molestar a nadie. De todos modos el director Marco Bechis
no está interesado en describir morbosamente sesiones de tortura sino en
hacer que el horror tenga una encarnación humana, material, que los cuerpos
de los que serían los desaparecidos tengan una presencia que exceda a la
lista de sus nombres y sus fotografías. Garage Olimpo expone una situación
histórica y una lógica que el testimonio cinematográfico ayuda a revelar
en su dimensión más profunda. Los carceleros de Bechis no son los viejos
monstruos con colmillos con los que se suela identificar a los asesinos
en la ficción para que el espectador tenga claro que no se parecen en nada
a ellos. Por el contrario, como ocurrió efectivamente, los represores eran
en su mayoría jóvenes, concurrían a las cámaras de tortura como quien va
a la oficina y su conducta fuera de los campos no se diferenciaba demasiado
de la de otros ciudadanos. Si se aprovechaban de su macabro poder para quedarse
con los bienes de las víctimas y aún para intentar seducirlas, era por mero
cálculo, un rasgo poco notable. La película describe la rutina de la muerte,
la convivencia cotidiana entre verdugos y prisioneros y la alterna con visiones
aéreas de una ciudad que era indiferente a lo que ocurría en sus profundidades.
Relata, además, un caso particular que le sirve de eje narrativo y permite
articular todos los matices que la vanalidad del mal recorrió en esos años
siniestros. Bechis se preocupa en todo momento por la ética cinematográfica
de cada imagen (nunca obscenas, nunca sensacionalistas) y con gran talento
construye un crescendo dramático que culmina en uno de los momentos más
poderosos que haya dado el cine argentino. Los últimos minutos de Garage
Olimpo son de una fuerza estremecedora y, al mismo tiempo que evocan uno
de los puntos culminantes del horror del comportamiento de los militares
argentinos, abren el interrogante sobre las claves secretas de un país que
sigue exhibiendo una herida abierta. |